Construir el mundo de Guns fue mucho más que imaginar escenarios futuristas o diseñar conflictos armados; fue un ejercicio de observación y reflexión sobre la historia y sus puntos de quiebre. Siempre he sido un amante de la historia del mundo, y una pregunta constante me ha acompañado: ¿qué habría pasado si un solo acto hubiese sido distinto?, ¿cuánto podría haber cambiado el curso de los acontecimientos? Guns se desarrolla en un universo diferente al nuestro, pero resulta imposible no encontrar paralelos con nuestra propia experiencia. Este artículo explora cómo esas inquietudes dieron forma a un mundo marcado por la guerra, donde pequeños eventos desencadenan consecuencias irreversibles, invitando al lector a reconocer, entre la ficción, reflejos de su propio vivir.


“No es tu obligación cambiar el mundo, pero a veces no hay nadie más que lo haga.”

En este contexto, Guns también cuestiona la idea de que todo ocurre por azar. No siempre es así. A veces existen individuos —o fuerzas— con el poder real de provocar cambios, algunos de manera consciente, buscando un resultado específico, y otros simplemente cumpliendo un propósito que quizá nunca llegan a comprender del todo. Esta ambigüedad atraviesa el mundo de la novela y se filtra inevitablemente hacia el lector: ¿cómo sabemos de qué lado estamos nosotros? Nos gusta pensar que somos los protagonistas de nuestra propia historia, pero resulta difícil ignorar la posibilidad de que existan personas “sin nombre”, invisibles, empujándonos en direcciones que creemos haber elegido por voluntad propia. Guns se mueve precisamente en ese espacio incómodo, donde la libertad, el control y la manipulación se confunden.

En ese sentido, Guns no busca aleccionar a nadie ni imponer una lectura moral sobre lo que es correcto o incorrecto. En la guerra, esas categorías se vuelven difusas, y la novela parte de la premisa de que el bien y el mal rara vez existen como absolutos. Incluso cuando creemos reconocer decisiones moralmente justificadas, no dejan de ser interpretaciones subjetivas, condicionadas por el punto de vista desde el que se observan. Guns abraza esa ambigüedad y deja espacio para que cada lector construya su propia lectura del mundo y de sus personajes. Yo tengo mi propia interpretación, por supuesto, pero no me interesa negarle a nadie la libertad de llegar a conclusiones distintas; al contrario, ese diálogo silencioso entre la historia y quien la lee es parte esencial del viaje.

Reflexion final

Al final, el mundo de Guns funciona como un espejo distorsionado del nuestro, donde la historia no avanza por azar, sino por decisiones, omisiones y fuerzas que muchas veces permanecen invisibles. A través de un universo marcado por la guerra y personajes obligados a reaccionar más que a elegir, la novela invita a cuestionar cuánto control creemos tener sobre nuestro propio camino y cuánto de ese rumbo ha sido trazado por otros. Guns no ofrece lecciones ni respuestas cerradas; propone preguntas. Y quizás ahí reside su valor: en abrir un espacio para la reflexión personal, donde cada lector puede confrontar sus propias certezas, aceptar la ambigüedad y decidir qué significado extraer de un mundo —ficticio o real— que rara vez se presenta en términos absolutos.


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